Verdugo Mostaza

La rebeldía me encontró muy temprano confundiéndome a su voluntad: sin edad suficiente para hacerme el pavo y todavía con aquella inocencia típica de la edad, que se negaba a ser desplazada. Esa lucha interna fue posiblemente lo que hizo brotar lo violento en mí, digo brotó porque la violencia en la gente es fruto de un proceso que tiene sus raíces y es regada de cosas malas. Nadie nace malo y el momento que se vivía en casa regaba hasta ahogar.

En aquella escuelucha con más pinta de casa de barrio que de una institución medianamente seria, me sentía invencible y no porque no había nadie que me pueda hacer frente, sino porque pasado un par de rostros por mis puños no había quien se cruce en mi camino. Era consiente que había unos cuantos que si querían me pasaban por encima pero como me tenían miedo ni se les habrá pasado por la cabeza hacerlo. Manga de maricones.

Tenía solamente un par de reglas que cumplía, coincidentemente eran las que me autoimpuse para las peleas: no les dejaba de pegar hasta ver sus miradas mojadas y si corrían no los perseguía, si bien podía alcanzarlos que corran alimentaba mi ego. Algunas veces los corría a medias solamente para echarlos al piso y otras ni lo intentaba, a causa de los hermanos mayores.

El día que surgieron los problemas, fruto de un manchón de sangre en el guardapolvos y una señora gritando a los cuatro vientos frente a  casa, Mamá ya no supo que hacer. Había colmado todo brote cercano de paciencia en casa, y la paciencia siempre escaseo en ella.

Luego de darme una intensa sesión de cables de la cual llevo el recuerdo hasta hoy en las piernas, se le ocurrió, tal vez como última recurso que lo que me faltaba era una intervención divina y me llevó a un lugar bien grande y frío, en donde todos asumían ser buenas personas por ir a “marcar tarjeta” todos los domingos.

Fue en la iglesia donde conocí a Diego “el negro”, lo llamábamos así porque había otro Diego: “El rubio” con el que si me llevé bastante bien desde el primer día. Diego “el negro” fue la persona más desagradable, maleducada y prepotente con la que había tratado hasta ese momento. Capaz en ese sentido eramos iguales, por eso no lo podía ver. Creo que a él le habrá pasado lo mismo conmigo, se le notaba en su cara.

Admito sin culpa que odiaba profundamente ir a iglesia porque aprendí que por más celestiales que fuesen las paredes, siempre había lugar para la hipocresía. Una tarde escuche a dos señoras hablando de la situación de casa y diciendo barbaridades de mi familia, del porque papá no volvió a aparecer y rieron como las malas de los dibujitos. De por si vivía avergonzado y saber que hablaban así de nosotros frente a Él me hacia sentir mucho peor todavía. Cuando crees que no podes estar peor, la vida te trae sorpresas.

El día que dije basta e iba a comentarle a mamá lo que escuche apareció en casa Diego “El Rubio” emocionado y sin aliento, estaba avisando casa por casa que después de la iglesia íbamos a jugar un partido en la canchita que quedaba detrás. Un simple partido de fútbol me hizo desistir la idea de dejar de ir. Así de barato fui, así de barato soy.

Al salir de la iglesia teníamos alrededor de diez minutos para ir volando a casa, ponernos shorts y la remera de nuestro equipo favorito, los que podían. Nos juntábamos a las cinco puntualmente en el medio de la cancha para tomarnos las manos y rezar antes de arrancar el fútbol.

Este ritual lo celebrábamos religiosamente a partir de ese día, todos los sábados después del culto. No hace falta ni mencionar que al poco tiempo aparecieron ciertas rivalidades que no pasaban de inocentadas: quien hacia más goles, el que corría más y otras cuestiones sin importancia. Aquellas jornadas hubiesen sido perfectas sin la presencia del Diego “el Negro”, que era de lo más tramposo y sucio sobre la faz de la tierra.

“El negro” se creía invencible por ser el más grande, era de lo peor. Tenía problemas con todo y todos a la hora que tendría que pasarla bien. Nunca dije nada porque siempre fue mi compi pero eso cambio el día que Pepe,  el hijo de la almacenera me hizo un penal que quería chutar con las fuerzas que me quedaban. Ahí la caradurez del negro dijo presente y se adelantó a chutar el penal que me habían hecho a mi y para el cual había puesto yo la pelota. Para colmo lo erró groseramente.

Sin pensar mucho, toda esa fuerza contenida en mis piernas fue a parar en su enorme carrocería, acompañada de varias palabrotas que hasta ese momento no sabía que sabía. Diego cayó al piso de cara y yo me sentí un segundo en la gloria. Mientras todos miraban incrédulos, el negro se levantó y se me vino encima como un tsunami gritando que yo era un “abandonado”, un  “huérfano” y que ni mi mamá me quería, me hirvió la sangre y busque su grotesca cara que logré golpear con una fuerza que no se de donde salió. Diego empezó a sangrar. Nadie intervenía porque lo disfrutaban, veía de reojo un “por fin alguien se atrevió” en algunas caras.

Diego se quedó inmóvil y yo quede mirándolo con demasiada furia como para tener una gota de lástima y terminarla ahí. Le dije con mucha rabia: “Ahí tenes gordo, deja de llorar que es kétchup de la pancheria de tu papá. Gordo panchero que anda”. Grueso error: en ese momento se levanto y se abalanzó contra mi integridad.

Fue inútil resistirse, la diferencia de tamaño y experiencia era brutal. El Negro era un camión que me pasó por encima varias veces. Me hizo bizco a los golpes, me golpeó como nunca me habían golpeado en la vida. Me dejé caer al piso pensando que los golpes iban a cesar, pero no. Toqué un nervio sensible y estaba pagando por ello.

Gracias a Dios iba pasando por la canchita Tato, un borrachín  al que raras veces se lo ve consiente y pudo frenarlo. Diego parecía endemoniado y hasta podría sacar espuma por la boca. Tato lo mando a su casa, con un tuque de premio por haberme tumbado de la forma en que lo hizo. Nadie se atrevió a ayudar a levantarme, me paré como pude y me retiré sin decir nada.

Ese fue el día en que me di cuenta que tenia que bajarme de las nubes. Me corrijo: ese fue el día que me bajaron de ellas a los golpes. Diego no volvió a pisar esa iglesia, ni a hablar con nadie. Fue como si hubiese desaparecido. Poco después me enteré que su mamá lo había mandado al interior a trabajar porque era “muy salvaje” para la ciudad. Es que con los chismes, la realidad se va distorsionando. La gente decía que iba a matarme si Tato no lo frenaba. Aunque allí hay algo de verdad.

Varios años después iba atravesando el Mercado 4, cuando escuche una voz conocida. Me detuve y mire a un costado, era Diego “El Negro” bastante crecido en la pancheria de su viejo y que según el nombre ahora le pertenecía.

El me vio y me señaló una butaca vacía, sin bacilar demasiado me senté en “La Pancheria de Diego”. Era  improbable que me reconozca, no se como el tiempo lo trata a uno pero a mi me cambio bastante, incluido físicamente. Sin decir una palabra y mirándome de reojo, corto el pan puso un pancho medio quemado, que es como me gustan, y agarró la mostaza.

Antes que pueda pararlo con un gesto porque que prefería otro condimento me miró a los ojos de forma penetrante diciendo bastante serio: “No importa, va por la casa. Y kétchup a vos no te sirvo…”

El negro me había reconocido.

18 Comments

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Tite Vera
marzo 21, 2010 at 08:03 PM

Increíble relato! Me encantó!

Santiago Valdez
marzo 21, 2010 at 09:03 PM

Buenísimo…Muy entretenido!

araceli
marzo 21, 2010 at 09:03 PM

Que increible.

pefaur
marzo 22, 2010 at 09:03 AM

asi lo que te envidio pedazo de loco de mierda

que grande ya sos, que buen final!

kbzon
marzo 22, 2010 at 01:03 PM

Que mostro el relato, igustoiterei he’i Julio González Cabello.

Ruth
marzo 22, 2010 at 03:03 PM

Que buen relato!!.. me gusto mucho..

Diego (Ni el negro, ni el rubio)
marzo 23, 2010 at 03:03 AM

Hace unos días publiqué un relato en mi blog, lo que tiene en común es eso del encuentro con alguien después de años y en una situación tan distinta. Por eso más que nada me gustó.
Saludos

Gabriel
marzo 23, 2010 at 04:03 PM

Gracias por leer… estuvo largo! que grandes son… un abrazo

elbow
marzo 24, 2010 at 12:03 PM

Clavado donde gusta viejo, Segui asi loco!

Jose
marzo 25, 2010 at 10:03 AM

Hija, en serio estuvo buenisimo, aguante Diego el Negro..

mike
marzo 27, 2010 at 06:03 PM

boludo.
de mis favoritos.
eso nomás.
estás en mis marcadores…con turrini claro.

Lauri
marzo 31, 2010 at 05:03 AM

buenísimo!
me encanta ..

Gabriel
marzo 31, 2010 at 10:03 AM

@mike andate a la m ….

Eru
abril 04, 2010 at 05:04 PM

¡Hola! Esta es mi primera vez en este blog, y realmente me encantó tu relato. Seguí así y mucha suerte. 😀

vicky
abril 11, 2010 at 08:04 PM

idolo como siempre gabriel! de donde sacas tantas ideaas para escribir jaja

Gabriel
abril 12, 2010 at 12:04 PM

Tienen que pasarse mas por acá, este lugar tiene toda la onda (?)

Ikki
octubre 06, 2010 at 11:10 AM

No va serrrrr! Jooo de pooota loo! Excelente relato!

Ajirü-chan
noviembre 30, 2010 at 02:11 AM

Wow… Hasta que leí la palabra ketchup, la primera vez, trataba anteriormente de hacer la relación con el título! xD Muy buen final, me llegó la parte emotiva del relato, en serio, se hizo sentir en mi. T_T

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