Las mascotas tambien son gente

Dicen que las mascotas son idénticas a sus dueños. No dudo un solo instante sobre la veracidad de esta teoría porque tengo varios conocidos que son unos auténticos hijos de perra. Aunque esto no venga al caso, si viene al caso el nombre que elegimos para nuestra mascota.

Si van a ser un fiel reflejo nuestro, cuidemos su carta de presentación.

Un nombre transmite muchas cosas, por ejemplo, si una chica te encara en un hotchat y te dice que se llama “Emeteria Ramona” lo primero que te viene a la cabeza es una profesora jubilada con más bigote que Doña Tremebunda (la suegra de Condorito), dientes amarillos y una maya negra. Mucha palidez, flacidez y varices. Nada agradable. Aparte te la imaginás diciendo tu nombre mientras se limpia los dientes con su lengua haciendo un sonido tipo ñiiiiaccc ñiiiiaccc. Nada sexy.

Podías haber tenido la mejor noche de tu vida con una extraña escultural recién egresada de la escuela Play Boy (no creo que exista) pero el nombre te hizo huir despavorido. Los malos padres existen, están en todas partes. Si te tocó alguno te mando un abrazo, sin duda lo necesitás pero no seas como ellos.

El motivo de esta columna es concientizar sobre los nombres con los que bautizamos a nuestras mascotas, ellos son como personas pero más peludas y hasta en oportunidades, más humanas que nosotros mismos. No produzcan una crisis de identidad en ellas. Respétenlas, ámenlas y llámenlas como corresponde. Por ejemplo:

Kaiser: es el nombre ideal para un pastor alemán recién importado de Münich y transportado en el maletero de un Mercedes Benz, con un pelaje tan suave que produciría envidia a Penélope Cruz y un torso lleno de músculos en HD. No es nombre para un salchicha que tiene color caca y que huele peor todavía. Es como decirle Messi a Iturbe o llamarte Brad Pettirossi. Una bestialidad.

Pancho: nombre de loro y nada más. Capaz también apodo de peón borracho que le pega a su mujer, de esos que terminan una carcajada siempre con un “iuuuuuu” y olor a caña. Si tu mascota no es un loro o un peón (¿habrá loros peones?) no le pongas “Pancho”. Si tenés un pancho cerca, ponele “mostaza” y por sobre todas las cosas: no le llames “Mostaza” al loro, va a ser el hazmerreir del barrio.

Garfield es un gato naranja adicto a la lasaña (apología a las drogas) con un dueño medio amanerado y… ¡es un gato! Nunca, jamás y bajo ninguna circunstancia le pongas Garfield a un perro. Es como ponerle Adolf a un judío. Está mal y debería ser sancionado por la ley. Nadie tiene un gato que se llama Scooby o Lassie, un albino bajo ninguna circunstancia se puede llamar “Jamal”. Es antinatural. Esto es verídico, tengo un vecino que le puso Garfield a su dálmata. Estoy considerando seriamente mudarme de sistema solar.

Otra cosita, nombres de personas para las mascotas no van. Son personas, pero llamarlas como tal se apresta a las confusiones. Hay cosas que impresionan: “Anita está en celo y apoya su ano por el portón”. Es muy fuerte. Lo primero que se te viene a la cabeza no es precisamente una bulldog ultra excitada pidiendo un macho a gritos. No creo ser el único en pensar así. No me juzguen.

Bueno, esta columna era una excusa para confesarme: Alguna vez fui mala persona y le puse Rambo a un pincher que vino mal de fábrica, le faltaba un dedo. Creo que esa era la razón del porqué estaba tan enojado con la vida y ni esperó que le salieran todos los dientes para empezar a morder. Reverendo hijo de puta.

Creo que la causa de su fallecimiento fueron los 12 años de la crisis de identidad que llevó a cuestas. Llamarse “Rambo” con ese porte no habrá sido fácil, enfrentar a una kombi armado con no más de un hueso de pollo en la boca tampoco. Rambo, desde acá, este es mi humilde homenaje.

No cometan el mismo error.

Ojalá encuentres la paz porque Otto, el perro que te remplazó, encontró tus huesos. Perdón.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.

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