Paraguay al extremo

No sé si alguien se dio cuenta o seré el único que alcanzó este nivel de iluminación. Bueno, capaz estoy exagerando como de costumbre y solo será una percepción mía pero ¿se dan cuenta de lo realmente extremo que es vivir en nuestro país? Lo realmente extremo que somos como sociedad y lo extremo que es nuestro desenvolvimiento en el día a día.

Y no, no me estoy refiriendo a los hechos grises que acontecieron estas últimas semanas. Para nada. Esos temas no tienen cabida dentro de esta columna mensual que lo único que pretende es sacarte una sonrisa pajera. Hay cosas realmente importantes para transmitir, como por ejemplo, la adrenalina y la emoción que significa vivir en Paraguay. No me digan lo contrario, estoy convencido.

Somos una cultura muy extrema, gente a la que le bombea adrenalina en el pecho. Tenemos ese sentimiento intenso circulando por nuestras venas y hasta lo sudamos por los poros. Este estilo de vida se instaló, tal como lo haría un carpero, en nuestra genética. ¡Que orgullo ser paraguayo carajo!

No me vengan con que estoy exagerando porque esto que planteo lo vivimos todos, todos los días. Es tan cotidiano que no nos damos cuenta, el peligro se volvió imperceptible porque es una constante.

¿O nunca compartieron un bus lleno de barrabravas? Viajar con el corazón en la boca, esa sensación de tener a la muerte tan cerca que hasta se puede oler. Tiene olor a vino y marihuana. Es un encuentro tan cercano que se sienta a tu lado y te dice guarangadas al oído si sos mujer, o te obliga a aportar a la causa si sos hombre (y viceversa). Sensación extrema de verdad, un salto en paracaídas es un juego de niños a lado. No digan lo contrario.

¿Fueron al Black Friday? Tanto en el Este como en el centro de Asunción fue una prueba de fuego. El tránsito insoportable y la gran muchedumbre desesperada por gastar plata que no tenía en cosas que no necesitaba. Miles de personas circulando aceleradamente por nuestras calles ínfimas, mal señalizadas y destruidas. Era imposible parar un segundo, si alguien lo hacía todo el centro colapsaba. Extremo. Gracias a Dios, Buda, Alá, Shakira y Jebus no aconteció ninguna desgracia, como ya dije más arriba: somos una raza preparada. Extremos hasta las manos.

Gente sumergida entre tantas ofertas que de repente se ahogaba y te manoteaba. El Black Friday Paraguayo hace que nadar con tiburones blancos sea comparable a una tarde de chocolatada, galletitas Tippy y Cartoon Network.

Manejar en horas pico por Asunción. Una experiencia religiosa aparentemente sin ningún adjetivo calificativo que le llegue a los talones. Motoqueiros kamikazes que se multiplican como mosquitos en diciembre, especímenes a los que la muerte o cualquier amputación inesperada les chupa un huevo.

Semi gente que maneja sin luces, sin casco y sin neuronas, exponiéndose al más allá a cada segundo.

Vale una mención a las paradas del infierno o como las conocemos todos vulgarmente, los semáforos. En ellos te ataca una muchedumbre de chicos, adolescentes y adultos con peinados pintorescos y remeras con dragones. Te meten mano por donde quepa exigiendo moneditas “pa’ comer chera’a”. Toda una tribu urbana que no tiene piedad, ni entiende el significado de una simple palabra monosílaba como “NO”. Por nuestras calles también anda suelta una logia, más reciente que las anteriores pero no menos importante, la de los autitos chinos, unos aparatos aparatosos de los que hay que cuidarse. Son como motoqueiros pero con cuatro ruedas. La imprudencia es el motor de sus vidas.

Y ni hablemos de los días de lluvia, teniendo la incertidumbre y los nervios de no saber exactamente sobre que estas andando. El asfalto se va con la lluvia, así son construidos los países como el nuestro.

¿Una bajada en kayac por el Paraná? Pfff… es un juego de ajedrez entre dos taxistas en la Plaza de la Democracia a lado de esto.

Llegar a fin de mes. Andar con una soga al cuello 30 días al mes es muy extremo. Paraguay ante los ojos del mundo es un país “barato”, pero tengamos en cuenta también que es un país “pobre”. No sé ni para que pongo comillas. Somos “el Chavo” de los países. Ya empeñamos dos represas. La realidad de los habitantes de un país que anda así no es la ideal. Es deplorable. Jesús existe, está en la garganta de cada paraguayo trabajador. Todo sube, menos los sueldos. ¿Bungee al vacio? Andá a cocinar una torta con tu abuela man.

Entrar al baño de una estación de servicio. Parece ser un requisito de los surtidores: el baño tiene que ser lo más asqueroso posible, sino, posiblemente te equivocaste de puerta y te metiste a Narnia. Las diferencias entre “El Juego del Miedo” y “Carrusel” se vuelven imperceptibles luego de haber sobrevivido a alguno. No se hagan los delicados, todos entramos a algunos.

Estar en una plaza publica. Con tantos peajeros, motochorros, hippies y drogadictos, las plazas se transformaron en una trampa mortal en estos últimos años. Mis papás me contaron que antes (de 30 a 35 años atrás) en ellas se hacían festivales, se bailaba, se proyectaban películas y uno hasta podía ir a sentarse a comer algo. Muy loco. Primero pensé que me farreaban, luego de ver fotos en blanco y negro comprendí que era verdad. Nuestra época es tan extrema.

Las plazas hoy son escenas de crímenes, punto de reunión de matones y zona comercial de dealers y cafichos. Conviene alejarse de ellas, es mucho más seguro jugar al Angry Birds en Facebook.

Ahora, convengamos, si esto no es extremo ¿la extremidad dónde está? Si miraste tus brazos sos un boludo. Estén siempre atentos cortamambitos, el peligro puede ser un buen amigo, un excitante estilo de vida pero también es un hijo de puta cuando quiere. Cuídense.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.

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