Mis vecinos están en la B

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Siempre tuve una gran capacidad, que considero que mucha gente debería envidiar, la de pisar tierra. Supongo que ya vine de fábrica con esta característica o que me la instalaron a cintarazos en algún momento de la vida que no recuerdo, porque capaz quedé en coma o algo así.

En fin, lo que quiero compartir con ustedes es que soy perfectamente consciente de que no vivo precisamente en un exclusivo country de Asunción, aunque tampoco da para decir que vivo en plena zona roja de la marginalidad (A veces sí). La mayor parte de mi vida me la pasé en un barrio bien “común” pero “bien común a lo Paraguay”, con sus dosis justas de cumbia, vallenato, borrachos y peleas domésticas. Típico de nuestra gente.

A pesar de tantas insatisfacciones, a mi barrio lo quiero. Es donde crecí, en este lugar hice mis primeros amigos, aprendí a andar en bici, me enamoré por primera vez, me asaltaron y me pasaron todas esas gansadas que a uno le pasa o tiene que pasar cuando va creciendo. Pero, entre tanto amor, siempre hay odio. No todo es color rosa en la vida y hay algo que detesto con todas mis fuerzas de este lugar: mis vecinos.

Es común quejarse de los vecinos, pero sepan entender que los peores especímenes de esta subespecie viven en los alrededor de mi dulce y preciado hogar.

Frente a casa hay alrededor de 30 pibes, aparentemente todos hermanos que viven en “modo diciembre” todo el año, explotando petardos a toda hora. Pero verídico, el otro día llegué a casa a las 3 de la mañana y seguían sonando las bombitas. ¿Qué hace una criatura de 4 o 5 años despierta a esa hora? Bueno, supongo que le enseña a caminar al papá que se tomó la mitad del sueldo en vino en cartón. El olor a flor de coco típico de estas fechas fue reemplazado por la fragancia de la pólvora y el vino. Envídienme.

Por otro lado, también están los pubertos que le hacen a otros tipos de petardos en la esquina. Divinos tesoros, pero me hacen dormir tranquilo: el país está en buenas manos.

Aparte, no sé si debe ser a consecuencia de las radiaciones de los transformadores o la sub-estática de la ANDE que tenemos cerca, pero las viejas acá son más de mierda que en otros lugares.

En una oportunidad, con un amigo nos picó el bicho de “Juventud que se mueve”, empezamos a limpiar la cuadra y pintamos los cordones de la vereda. Éramos amantes del barrio, lo que Maneco Galeano sentía por la Chacarita no era ni la sombra de una pestaña comparado a lo que sentimos ese día por nuestro barrio. Ponele. Lo que sí, una de las tantas viejas chotas se agarró con nosotros, nos puteó hasta en hebreo por haber pintado el cordón de una iglesia budista coreana.

Aparte de hija de puta y maleducada, racista extrema. Como gente educada que éramos (en ese entonces), bajamos la cabeza, callamos y asumimos que estaba dolida porque recientemente había quedado viuda, pero con el correr de los meses comprendimos porqué el marido decidió no tratarse de su enfermedad y la razón de que sus hijos hayan entrado a las drogas. Una pena, pero nada es gratis en la vida.

Mis vecinos son tan especiales que tienen cien metros de cuadra por un lado, cien del otro pero prefieren sentarse todos agolpados y encimados en un solo lugar: la rampa de mi garaje. No comprendo ¿tendrá algo especial ese lugar?, ¿será gente muy genial con la que convivo y no me doy cuenta?, ¿Mr. Músculo será estéril?, ¿Por qué hay gente que dice que PES sigue siendo mejor que FIFA? Todas son preguntas sin aparentes respuestas.

Hay algo que me parece curioso y medianamente tierno de esta gente, organizan cumpleaños infantiles en las veredas, así, en plena vía pública. El globo loco es instalado sobre el empedrado. No es la manera pero es como pueden hacerlo, aunque si se te ocurre pasar por la vereda corrés el riesgo de que te inviten torta, me sigue pareciendo algo tierno.

Esto nada tiene que ver con el bolichín clandestino que se montan horas más tardes en el mismo lugar. El encargado de la música es un taxi carga que además hace de DJ, se baila ahí mismo, en las angostas veredas. “La foto de Coyote” es un espectáculo agradable comparado a lo que se pueden ver en el lugar si uno presta atención. En una oportunidad estaba muy contento porque se largó a llover y pensé que el lamentable espectáculo terminaba pero no, se puso más locos todavía: era el “Ibiza” de los pobres.

Ni hablar de la música que escuchan, ni del volumen en que lo hacen. Al final gritan para hablar y todo el mundo termina por enterarse de sus cosas, fechorías incluidas. De hecho, fue así que uno fue preso porque confesó haber robado una moto cuando una patrullera iba pasando. Parecerá bola, pero es verídico.

Ah y el otro día robaron una de las cámaras de seguridad de casa, el pelotudo estuvo diez minutos en primer plano intentando sacarla. Al final se la llevó, pero dejó un archivo bastante grande de su desagradable cara en HD. Brillante el amigo, mientras mandé hacer un plotter con su imagen para alejar los malos espíritus.

No me malinterpreten, me encanta mi barrio, es un lugar genial para vivir. Lo que no me gusta son mis vecinos.

Y cuando piensen que sus vecinos son unas reverendas basuras, acuérdense de mí porque siempre hay alguien que está peor que uno. En este caso, soy yo.

Gabriel Benitez O.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.