Vos, dramaturgo: ¡Calmatena!

dramaturgo

Todos somos grandes dramaturgos y escritores de ciencia ficción en potencia. Es una característica natural, una reacción reflejo, es casi como respirar. Así funcionamos: tenemos una capacidad enorme e infinita de hacernos grandes historias en nuestras grandes cabecitas.

No es culpa de nadie, lo hacemos solitos. Es que hacerse la historia suele ser gratis la mayoría de las veces, por eso lo hacemos constantemente y sin ningún tipo de límite. Nos vamos al caraj*, inconscientes de las consecuencias que eso podría acarrear y muy en el fondo hay una voz que nos avisa pero que nos tomamos la molestia de hacer callar. A veces solos o con la complicidad de algún conocido.

Nos gusta pensar lo peor porque así sentimos justificadas esas emociones oscuras que sentimos, esos pensamientos nefastos que creemos que son verdad pero que en verdad son una estirpe de cositas infructíferas que tenemos dentro. La mayoría de las veces por inseguridad, envidia o por supuesto, ambas.

Como siempre pretendo demostrar lo que digo para no quedar como un boludo (hago lo humanamente posible), avisando que hay que ser autocríticos y honestos o sino no vale la pena.

A modo de ejemplo:

Novela laboral.

Una de nuestras compañeras de trabajo que, coincidentemente, está muy agradable físicamente, asciende en el trabajo y justamente le dan ese cargo con el que venís soñando y rompiéndote el lomo hace rato. Jamás se te ocurrió la posibilidad de que esta chica tenga más capacidad que vos, que realice su trabajo de forma más eficiente y que tenga más iniciativa que el propio Mandela o simplemente demuestra mejor actitud que vos.

¡No! Siempre es: “una turra de m…”, “le habilitó al dueño de la empresa”, “le está extorsionando al gerente que todavía no salió del closet y está en un amorío con el cartero de bigotes”. Siempre existe la sinopsis una novela mexicana, venezolana y/o colombiana rondándonos por la mente. Y después nos hacemos de los intelectuales riéndonos de la chica que plancha viendo estas historias por canal nueve.

Remando en sentimientos.

Estás remándola con más ganas, empeño y fuerzas que aquellos gemelos nabos que eran dueños del Facebook pero de repente, cualquier día inoportuno de estos, sin mediar palabras con tu posible media naranja (porque estás esperando que te escriba porque siempre le escribís vos y ya es pelada) te encontrás con la ingrata sorpresa de que tiene un corazón en su estado.

Lo mirás allí: un corazón tan perfecto, bien rojo, grande y tan a secas. No puede ser otra cosa: Volvió su ex novia que salió a recorrer el mundo pintando grafitis, o ese primer novio al que le nombró más de una vez. El aparato ese que se sabe seis idiomas y es heredero del imperio inmobiliario que te sube el alquiler este mes. No puede ser otra cosa: El “impresentable” le pidió matrimonio y obvio que tuvo que decir que si, ella no puede seguir dependiendo de que tu papá esté buena onda para que te preste el auto y puedan salir: necesita seguridad y vos dignidad.

Nunca luego está la posibilidad de que su bulldog francés, que era ciego (y se pasaba lamiéndose la entrepierna), lamió el cargador del iPad, se electrocutó y milagrosamente volvió a ver. O que su sobrinito del que nunca jamás te habló, porque no te tiene luego confianza, dijo su primera palabra o que capaz se ganó una bici en Facebook. No, vos tenés que hacerte la idea de que perdiste y ponerte mal al pedo. Somos nomás luego adictos a despreciarnos y autorompernos el corazoncito.

Lágrimas de coco.

Te encontrás a alguien llorando y lo primero que pensás es que se murió algún familiar o una mascota, luego que la pareja le cagó, que le echaron del trabajo, que le estafaron vía mensaje de texto, que a nadie le gustó su nueva foto en Instagram, que unos testigos de Jehová lo engañaron. ¿Acaso no pudo haber leído algún libro hermoso o haber visto “Wall – E” o “Click” por primera vez? Existen lágrimas de varias clases: de alegría, de añoranza, de reflexión y de todo tipo que se te pueda imaginar.

Entre amigos no nos pisemos la manguera.

Uno de los perros no llegó al fútbol, a la noche de poker o a la de Fifa: MARICÓN. No tiene luego permiso, es un dominado, un “esclavo” de esa argelada concheta de la novia que nos odia luego y esas son las cosas más livianas que al grupo de amigos le viene a la cabeza.

Que haya llantado, tenido algún imprevisto familiar, una caída de una montaña como en 127 horas o que está debatiendo con Steve Howkin vía Facebook, nunca es ni remotamente una posibilidad. Y eso que es nuestro amigo ¿eh? y aunque esté soltero, siempre se le inventa una novia, amiguita o muñeca inflable.

Y así, hacemos esto con una infinidad de acontecimientos que pasan a nuestro alrededor. Así que el consejo no es que lo dejen de hacer (o capaz sí, pero no lo van a hacer porque va en contra de nuestra naturaleza), sino que tomen nota y capaz algún best seller salga a consecuencia de esta insignificante columna.

Alguna vez me dijeron o capaz inventé pero: “escritor no es el que nace para escribir, sino el que escribe” y tiene mucho sentido. Si tu sueño es ser un Coelho o Vargas Llosa, metele nomás pero dejá de divagarte con historias que te llenan de furia y envidia, que esas cosas no están buenas, por vos nomás luego: las cosas pasan (o no) porque si, no hace falta buscarle explicaciones a todo.

Esta fue mi columna de septiembre en La Factory.

Gabriel Benitez O.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.