Mini historias de pre infancia

[dropcap background=”yes” color=”#333333″]U[/dropcap]no se hace ciego con los años. Y ojo que no estoy hablando de quedarse literalmente sin el sentido de la vista. Hablo de cosas que vemos, suceden, de reflexiones y reacciones que solíamos tener y que hoy son apenas un tibio recuerdo.

Uno cambia con el tiempo, y el tiempo nos termina cambiando. Hace unos días, leyendo un libro sobre cómo escribir, porque intento hacerlo más seguido y en más cantidad, planteaba un ejercicio que en esencia consistía en escribir microhistorias de uno. Como aplicado que soy, casi con todo menos con lo que debería, hice los deberes y salió algo así.

Lo que si, me reí durante el camino y disfruté a montones recordando, así que supongo que alguien le puede llegar a causar gracia. Al final, lo único que importante es reírse y si por lo menos le causo una sonrisa a alguien del otro lado, para mi es una columna éxito.

Así que, entre cosas que me acontecieron en mi primera infancia (tenía menos de diez), les puedo contar que:

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Cuando era más chiquito estaba convencido de que todas las personas en el mundo, con excepción de mí, eran robots. Supongo que pensaba que alguien o algo me estaba poniendo una prueba que tenía que superar para entrar al mundo de la gente real.

Un día me di cuenta que pasé la prueba y que nadie me avisó, o que todo era una gran mentira que inventé sin darme cuenta. Recuerdo estar jugando con algunos amiguitos del barrio a la “Triple Alianza” (curioso nombre para un juego de niños) y lanzar un pedazo de azulejo más grande que lo permitido (las guerras también tienen reglas) que impactó en Luchito, un vecino tan gordito y petacón que parecía un foco. En ese momento vi como la sangre salía de su frente con la fuerza del mismo río Paraná. Ahí me di cuenta que era gente de verdad como yo, fue una imagen muy impactante para mí.

No hace falta ni mencionar que nunca más dejaron que Luchito se acerque a mí, y así perdí el que fue posiblemente mi primer amiguito.

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Un domingo en familia estábamos por Piribebuy, antes solíamos cada fin de semana porque teníamos un ranchito (no da para decirle “casa”). Lo que sí, por alguna razón, papá lanzó hacia mi humanidad lo que parecía ser una fruta o algo parecido. Solamente recuerdo que era circular y de un color verdoso amarronado.

La cuestión es que, al instante la quise levantar para devolverle el favor, porque a esa edad somos todos muy vengativos (?) y cuando la toqué se movió, produciéndome uno de los sustos más grandes que experimenté en la vida. ¡Papá me tiró una rana!

Es de esas anécdotas que se cuentan en cada reunión familiar. No me pasó nada, fue el origen de un pequeño gran trauma hacia los reptiles, pero no me pasó nada.

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Una vez me llevaron a un pre jardín del barrio, lo recuerdo perfectamente porque mamá por primera vez me hizo un sándwich, antes de eso mis meriendas siempre fueron industriales: galletitas insípidas y jugos en cartón. Era mi primer día y la profe pidió que dibujáramos un par de flores.

No sé por qué motivo, razón o circunstancia, supongo que siempre quise ir contra las masas, pero dibujé tres. Luego, al observar como la profe iba pasando para ver los trabajos de todos, me desesperé ante mi error y no sé me ocurrió mejor idea que echarle la culpa al más grandote del salón.

Matías “Mastodonte” era una bestia, parecía de quince años. Todavía puedo sentir su respiración en mi nuca y escuchar su voz de puberto precoz diciéndome de manera ofendida “¿Quién lo que te dibujó eso mariconsito? Ya vas a ver”. Nunca más pisé el lugar. Duré un día. Mamá y papá chochos.

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Solía ir un montón a casa de mis tíos, mis primos tenían relativamente mi edad y me pasaba mucho tiempo en “casa ajena”. Una vez volviendo a casa garuaba y escuché un lloriqueo perruno que provenía de una caja de cartón. Era un perrito al que lo bauticé como “Trapo” porque era tan tan tan feo, que al final era lindo. Mamá lo despreció al instante en el que cruzó conmigo el portón de casa, entonces tuve que dárselo a un vecino.

Bueno, en realidad lo cambié por un Super Nintendo. Lo que en casa nunca se enteraron es que aquel negocio incluyó el pincher que teníamos hace años. Nadie se dio cuenta porque fue devuelto esa misma tarde por un mordido vecino que exigió la devolución de la consola. Obviamente, no se la devolví alegando “mal uso del producto”, en este caso del pincher.

Al final cerramos la transacción con “Trapo”, que tenía menos valor de reventa que una entrada a Tan Biónica y una alcancía de barro con un agujero al fondo. Poder de negociación que le dicen.

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Nunca le conté a nadie, pero una vez casi me secuestran. Bueno, capaz no pero fue algo así: estaba tranquilo sentado en el carrito del supermercado, tenía 4 o 5 años como mucho y nunca fui tan grande, solamente cabezón. Creo que me subí a los carritos hasta los 12, pero ese es un dato irrelevante.

La cosa es que mamá estaba buscando algo que supongo era demasiado importante como para dejar solo ante el mundo a su indefenso crío. En eso, una señora se acercó a mover el carrito o para llevarme y pedir rescate. Sin mediar palabras, porque nadie es de conversar a esa edad, y casi como una reacción-reflejo le di un sopapo en la cara. ¡Fue mi primera pelea ganada! No es que hayan sido demasiadas luego.

La señora soltó el carrito y se fue caminando muy rápido. A veces me pregunto cómo hubiera sido mi vida si no lanzaba un gancho a lo Tyson ¿Será que me iba a criar en otro país? ¿Será que me llevaba para quitarme los órganos y venderlos en el mercado negro? ¿Será que esto lo vi en una película y asumo que me pasó? Nunca lo sabré con certeza.

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Soy el cuarto de cinco hermanos y como en toda casa de familia numerosa o en la selva, el más fuerte y grande es el que se impone.

Una tarde totalmente random, me desperté de una siesta con la tele iluminándome la cara, sentí que para seguir durmiendo tenía que apagarla y me levanté para hacerlo. En el preciso momento en que la yema de mi dedo índice se posó sobre el botón para hacerlo, una zapatilla voladora impactó con una brutal fuerza digna de un meteorito en mi espalda.

Me enteré de la peor forma que mi hermano mayor era el televidente y que se ofendió por mi decisión de dar por terminado sus dibujitos de la tarde.

Supongo que es debido a este episodio que cada vez que agarro un control remoto miro instintivamente para atrás. Es la supervivencia. Todavía puedo sentir ese dolor subiéndome por la espalda y saliendo por mis ojos. Imagínense, mi hermano tenía 14, calzaba 43 y se comía todas las verduras que había.

Creo que desde ese preciso momento el dolor de espaldas no me abandona.

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Con cuatro años la vida me enseñó que, a veces, mucho amor puede lastimar. Re profundo.

Por algún motivo que desconozco, había unos pollitos en casa y cada hermano tenía uno “de su propiedad”. El mío era negrito y se llamaba “Lucas”. A esa edad uno se encariña un montón con sus mascotas y yo no fui la excepción. Me pasaba horas con él y como no quería que nada le sucediera, lo tenía apartado en un sector VIP dentro del gallinero que preparé con ayuda de legos, frascos y paja.

Una tarde, debatiendo con mis hermanos sobre cual pollito era mejor, obvio que era “Lucas”, se me ocurrió decir “Lucas sabe abrazar” y obviamente tenía que demostrarlo. Lo abracé tan fuerte que lo rompí.

Había destripado a mi mejor amigo, hoy me cago de risa pero fue algo muy fuerte en ese entonces. Por favor, no me juzguen.

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Así, me pasaron mil y un historias más que recuerdo con una sonrisa en la cara, pero supongo que las que brotaron primero fueron estas líneas así que las comparto con ustedes.

Deberían hacer el ejercicio, parece poca cosa pero de verdad se siente muy bien.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.

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