El perro Cangrejo

[dropcap background=”yes” color=”#333333″]M[/dropcap]amá se jubiló bastante joven. Tener cinco hijos le ayudó bastante, burocráticamente.

Nunca supimos el motivo de su apuro. Capaz sintió que la paciencia se empezaba a esfumar, o fue porque simplemente se acabó sin avisar.

Ella, como toda persona sobre la faz de la tierra, tenía sus días. La gran mayoría eran de amor y besos, y algunos, también numerosos, de persecución y zapatillazos. Supongo que entre todos los hermanos, éramos responsables directos del día que tocaba.

Me resulta curioso darme cuenta, alrededor de una decena de años después, que su paciencia no estaba ni cerca de acabarse. Simplemente la estaba guardando para alguien más, alguien tan especial que era capaz de iluminarle la vida con un balbuceo, de cambiarle la cara con una mirada o agitarle el pecho con solo estar cerca: su primer nieto.

No se puede competir con el primero, ya fue primero. Siempre va a ser el dueño de ese lugar especial por delante del resto. Siempre.

El otro día se dio una situación muy peculiar en casa, pero para explicarles tengo que hacerles sentar cómodamente en el contexto. Hago el intento.

Mamá con el correr de los años, en coincidencia con sus primeros años de jubilada, desarrolló cierto sentimiento antagonista hacia las mascotas. Supongo que fue culpa nuestra. Nunca nos hicimos realmente cargo de los animales que llevamos a casa. No es la idea justificar pero así funcionamos de niños: nos quedamos con la parte linda y nos desentendemos del resto. No es mala intención, es natural.

Este sentimiento que desarrolló hacia nuestros animales llegó a su éxtasis cuando Otto, nuestro primer pitbull y, a la vez, última mascota se clonó. Literalmente se clonó, el tamaño de lo que hizo era idéntico a él y no era precisamente un perro pequeño. Esto, sumado a sus frondosos antecedentes y al hecho de que se estaba inaugurando aquel corredor que daba al patio, fue su condena al exilio y la promesa de que ya no iba a recibir otra mascota en su casa mientras esté viva.

Aclaración por las dudas: luego de este incidente “Otto” se mudó a una casa quinta que tenían unos vecinos en Atyra y está viviendo sus mejores años allí, incluso tuvo descendencia hace poco. Yo lo extraño un poco todos los días, pero a la vez estoy feliz por él: era un alma libre, un espíritu incomprendido que necesitaba libertad y más espacio del que podíamos darle.

Este fue el contexto, supongo que podemos pasar a lo siguiente.

Hace pocas semanas, el primer nieto de mamá llegó con un par de cachorritos blancos, peludos e ínfimos en sus brazos, también pequeños. Ella no titubeó y preguntó sorprendida, casi de reflejo y sin apartar la mirada hacia la calle, tal vez esperando a su yerno o hija para increparlos.

– ¿Y eso? – preguntó curiosa

– Son mis perritos. – respondió sin apartarles la vista mientras los bajaba como podía.

– Pero… ¿dos luego?

– Si. Uno es para mi casa (señalando a uno de los cachorros)… y otro para que se quede contigo y te cuide.

Silencio. Fue un ínfimo lapso de unos segundos que parecieron horas. A esta altura, ya se encontraba toda la familia siendo testigos de esta peculiar escena, todos atentos y expectantes a lo que acontecía. Mamá arrugó su frente primero, la relajó después. Nadie se dio cuenta, pero era el principio de un sentimiento de rechazo que mutó y se conmovió por el gesto en el camino. Mamá, por dentro, ya había aceptado a la mascota. Era un regalo de su nieto, no podía decir que no.

Entonces se dio cuenta, ante la atenta mirada de la multitud presente, que había pisado su palabra de “animales nunca más, me basta y sobra con ustedes”. Se dio cuenta y volvió a fruncir la frente mientras observaba sorprendida el regalo, un cachorrito blanco con una mancha negra en la punta de la cola.

El primer nieto observaba la escena sin entender, sus cortos tres años le impedían comprender lo que estaba sucediendo. Seguía jugando con los cachorros y sin apartarles la mirada preguntó con cierto tono, cómo exigiendo una respuesta:

– Abuela ¿como le vas a llamar a tu perrito?

Su abuela no le respondía.

– Abuuuuuuuuueeeeela – este chico tiene un perspicacia admirable.

La abuela reflexionó y respondió tajante, por el tono quedó en evidencia su molestia por algo. Capaz fueron nuestras miradas, capaz su incapacidad de decirle que no al nieto o, lo menos probable, un arrepentimiento que llevaba guardado adentro. Respondió con un seco, pero a la vez aliviado:

– No sé (…) ¡llamale Cangrejo!

– ¿Cangrejo? – respondió el primer nieto, agarrando al cachorrito en sus pequeñas manos. Estalló con unas carcajadas que le hizo cambiar la cara a mamá al instante.

– Vos sos Cangrejo – continúo, bajándolo al suelo. – Esta es tu casa Cangrejo, andate. – Le dio un beso en la cara que nos derritió a todos y se paró para lanzarse a los brazos de su abuela.

Esta es la historia del porqué en casa tenemos un perro que se llama “Cangrejo”.

Por si les entra la curiosidad: Cangrejo camina hacia adelante, ladra y mueve su cola con un entusiasmo que no se ve regularmente.

Cangrejo no es el perro perfecto, pero es el que le devolvió la sonrisa a mamá.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.

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