Círculos

[dropcap background=”yes” color=”#333333″]M[/dropcap]ientras hacíamos las maletas y llenábamos una caja de cartón en la que escribí “frágil” con una pésima caligrafía, Sofía dibujaba círculos en una hoja de papel arrodillada en el suelo. Desde donde estaba, juntando los últimos sollozos de esa habitación, se podía ver una cantidad importante de estos círculos que no dejaban de aparecer.

Distintos colores, clases y tamaños desfilaban bajo sus manos. Sofía ni se inmutó de mi creciente curiosidad que se hacía cada vez más obvia. Seguía. Sin cesar. Círculos y más círculos. No tenía planes, ni ganas de tomarse un respiro y mucho menos de detenerse.

Pensé que en algún momento, estos círculos, podían ser parte de algo más, unirse en algún punto y fusionarse en una pieza de arte, en una inocentada de niños digna de un lugar importante en el museo de la ciudad o, por lo menos, para erguirse orgulloso en el lugar más visible de la heladera. Pero no. Los círculos, semi círculos y formas ovaladas, seguían apareciendo a diestra y siniestra, sin pies, sin cabezas y sin ganas de dejar de hacerlo, a pesar de que casi no quedaba espacio.

Lejos de hacer una pregunta que satisfaga mi intriga, cerré esta última caja torpemente, siempre fui terrible en lo que a manualidades respecta.

Tomé las cosas que podía y emprendí un viaje más, de los tantos que ya había hecho ese día, para terminar de cargar el auto rebosado que prácticamente panzeaba, por todo el peso que no acostumbraba cargar. Salí de la habitación lo más despacio posible, no quería incomodar a Sofía. Eran sus círculos y ella. Ella y sus círculos.

En el pasillo vi de reojo a su madre. Ella se limpió rápidamente unas lágrimas tímidas que, aparentemente, se salieron sin pedir permiso. Intenté ignorarla pero pronunció mi nombre. Un poco avergonzado por la forma en que llevaba la enorme caja de cartón, me acerqué tímido y curioso a la vez. Empujé la puerta con ayuda de mi carga y la luz del pasillo le iluminó la cara. Lo único que atinó a decirme con una voz que temblaba fue:

– “Un círculo que se termina”.- Y abrazó una foto que, de reojo, logré identificar: Era la que nos tomamos el día que llegamos a casa. Tan jóvenes, enamorados y con un montón de incertidumbre sobre los hombros. En aquel entonces, todo era una aventura.

Yo sonreí, emocionado por un instante, pero seguí mi camino. Ese auto no iba a terminar de cargarse solo y lo único que quería era liquidar esta dura tarea que, por ser el único hombre en casa, me había tocado.

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Sofía hablaba nerviosa al celular. Muy nerviosa. Se paraba, daba vueltas y parecía gritar. Yo miraba por la ventana, con un poco de miedo. No podía hacer nada más. Me angustiaba. Verla así, fuera de si, siempre me ponía mal. Me preocupaba lo que podía estar pasando, pero mucho más lo que podía pasarle.

Estaba empapada. No recuerdo una lluvia como la de ese día. Los talones de la Sofi buceaban en el agua, dejándose ver de a ratos, como pegando manotazos de ahogado.

Cada vez más fuertes, cada vez más cerca; los truenos retumbaban dejando en absoluto silencio. Silencio que era abruptamente cortado solamente por el siguiente, y así. Sin embargo, ella seguía hablando bajo la lluvia. Gritaba, movía los brazos, gesticulaba, parecía llorar pero no, no lo hacía. Ella es fuerte, es bien fuerte, mucho más fuerte de lo que alguna vez pensé que podría llegar a ser.

Intenté alcanzarle un paraguas pero me voceó algo que no entendí y me mandó adentro con su mirada. No sé en qué momento los hijos pasan a darles órdenes a sus padres, no me lo había planteado hasta ese día.

Me hubiese gustado que su madre estuviese cerca, a ella si la escucha. Pero no se encuentra en casa, desde hace ya varios días. Y la extraño un montón ¿Dónde andará? ¿Estará de viaje? ¿Estará bien? Andaba medio apagada, un poco distante. ¿Habré hecho algo?

Aparté la vista un segundo, y cuando volví a buscar a Sofía con mis ojos, ya no la encontré. Se había desplomado en la intemperie, rendida. Corrí lo más rápido que pude para socorrerla, aunque no necesitaba de mi ayuda. Estaba bañada, empapada de lluvia y lágrimas.

Apenas le apoyé una mano en el hombro, se dio vuelta y me abrazó fuerte, con tanta fuerza que me sonó la espalda que tantos años llevaba encima. No me resistí, hice lo mismo. No nos dijimos nada. Empezamos a llorar en un abrazo que duró más que aquella tormenta.

Hasta que ella mermó. De lluvia y lágrimas.

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Me acomodé el cuello de la camisa que Sofía había declarado como su favorita un par de años atrás. Quería darle el gusto pero ni se inmutó. Algo la tenía preocupada. Me costaba disimular la incomodidad que me producían los lugares como estos. Gente murmurando, corriendo, caminando. Caras tristes, felices. Despedidas y bienvenidas a cada esquina. Este rejunte de cosas, la mezcolanza de sentimientos y olores extraños me daban nauseas.

Nos sentamos a esperar. Esperamos. Esperamos y volvimos a esperar, un poco más impacientes que la primera vez, hasta que apareció una chica de blanco que me sonrío. Le sonreí. Miró a Sofía y nos invitó a seguirla con las manos. Sofía tomó la mía y empezó nuestro viaje.

Caminamos un rato largo. Sofía murmuraba con la joven, yo no les presté atención, estaba concentrado en el camino. Atravesamos puertas, subimos escaleras y nos metimos a ascensores para llegar a una habitación en particular. La 507. Reconocí unas flores que habían estado en casa el día anterior al pie de la puerta. Entramos sin golpear.

Allí estaba Raquel, ¡tanto que la extrañaba! Cuando nos vio se dibujó una tierna sonrisa en su rostro. Sofía se echó a llorar de nuevo y se unió a su madre en un abrazo muy fuerte, tan fuerte como el que me había dado a mí, días atrás, bajo aquella fuerte tormenta. No podía ponerme celoso.

Raquel me miró y yo entendí. Teníamos eso de hablar con los ojos, no me pregunten cómo, no me pregunten qué. Simplemente comprendí lo que tenía que comprender. Me acerqué y abracé a ambas. No sé si esto duró dos minutos, cinco o un par de horas. De lo que estoy seguro es que no duró lo suficiente. Los abrazos nunca lo hacen.

De repente, Raquel empezó a recostarse. Su abrazo iba perdiendo fuerzas hasta que no le quedó más que dejarse acostar por completo. Sofía se levantó con la cara inundada y dijo, procurando que no la viéramos:

– Los dejo para que tengan su espacio.- Besó a su madre en la cabeza y se retiró, un poco destrozada, un poco feliz.

La habitación quedó en silencio. Hablábamos con los ojos. Nos dijimos mucho sin decir nada. Sonreímos. Ella dijo como pudo: – No sé vos, yo no cambiaría nada.

Y sonreí. Hubiese cambiado un montón de cosas: nuestra casa, capaz por una más grande, más linda. Mi poca fuerza de voluntad a la hora de hacer dietas, no se merecía un panzón que descuidaba su salud, siempre me lo dijo. Si hubiese podido, cambiaba cada enojo, discusión o pelea por más besos, más besos, más abrazos y más besos, sobre todo, más besos… ¡y abrazos!

Cambiaría un montón de cosas si, pero creo que todo, absolutamente todo de alguna manera, nos trajo hasta acá. Entonces, tampoco cambiaría nada. Fuimos lo que fuimos, por eso somos lo que somos.

Ella cerró sus ojos, que tanta paz me habían dado todos estos años. Yo cerré los míos y me acosté junto a ella. Nos abrazamos hasta que se apagó en mis brazos. Vinieron los médicos.

Me levanté. Salí de la habitación y me encontré con Sofía dibujando círculos y círculos en una servilleta de papel, nerviosa. Nos miramos por un instante, sabíamos lo que se venía. En mi cabeza repetía para mi: “Un círculo que se termina”.

No la molesté, tenía que llegar a casa a terminar de empacar…

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.

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