Corazoncitos de pollo

pollito

– Ya están los corazoncitos– dijo el gordo que no era gordo en realidad pero si pelón. Nunca comprendí porqué no le podíamos decir simplemente “Pelado”, es más, la calvicie era un tema delicado que no se podía tocar frente a él porque se ponía mal, incómodo y se apartaba de todos como si tuviéramos el ébola. Yo creo que exageraba con tanta sensibilidad. Hermano, tenés 19 y sos totalmente calvo, podés pensar que disimulás con esa gorra desteñida del Bayer Münich pero solamente lo hacés más obvio. Yo puedo ser bizco a veces pero ciego jamás. Sos un pelado y cuánto más pronto lo aceptes, menos mal la vas a pasar.

Apoyó el plato repleto de corazoncitos de pollo frente a mí. Humeaban y ese olorcito a asado me hacía salivar más de la cuenta pero en el fondo me dio náuseas. Es que, me resulta desagradable hasta cuando lo nombran. “Corazoncitos”. No se hubiesen tomado ni siquiera la molestia de darle un diminutivo. No dejan de ser chura. Tripas. Menudencias.

Comer corazones de animales indefensos habrá sido tendencia y hasta un gran festín en las cavernas, a las piedras, mientras danzaban alrededor del fuego y se bañaban con la sangre espesa de lo cazado pero, para desgracia mía, el consumo sigue vigente. Pleno siglo XXI y somos igual de pelotudos que en aquella era, solo que ahora, en lugar de pelearnos con piedras y lanzas, lo hacemos a través de las redes sociales o en algún grupo de WhatsApp. Bueno, la pelotudez es atemporal y no discrimina.

Mientras el plato procedía a ser saqueado por todos los presentes, empecé a pensar el porqué de mi absoluto rechazo hacia este antojo tan popular, aceptado y disfrutado hoy por mis más cercanas amistades. No es que sea culí, es más, me como cosas peores. Soy fan del mondongo y aunque la deje picando para un chiste ridículamente fácil, también un incondicional amante de la morcilla.

Casi sin querer, algunos recuerdos me venían a eructar en la cara.

De chico, a papá se le ocurrió que era una muy buena idea tener gallinas en la casa. No sabría decir con certeza si eran para proveer de huevos a la numerosa familia, de adornos para el jardín o simplemente porque nos gustaba el olor a gallinero.

Lo que sí puedo decir con toda la convicción del planeta es que en el fondo solíamos tener un gallinero imponente. Recuerdo que mientras lo armaban me emocioné mucho porque pensé que era una casita, como las que tienen en todos los dibujitos yanquis que solían pasar en la tele, pero no. Resultó ser un infame y aburrido gallinero.

A los pocos días llegaron las gallinas en unas cajas de madera. Una negra, otra marrón y la última blanca. Mis hermanos me dijeron que era una para cada uno, pero solo había tres y parecía mentira pero mi hermano mayor es bien morocho, mi hermana trigueña y el tercero, y mayor a mí, blanquito. Coincidían totalmente y no había una cuarta. Lloré por días. En ese entonces sufría el síndrome del hermano menor, me decían adoptado a cada rato y lo solía tomar muy a pecho.

Dejé de salir al patio por semanas, me limitaba a mirarlo por la ventana tal cual princesa que espera un rescate que no iba a llegar. Uno de esos días en los que supongo, yo daba mucha pena, papá me llamó desde el fondo y me invitó a visitar el gallinero. Por supuesto que me negué, podía ser pequeño pero mi orgullo era inmenso. No había una gallina con mis características, no tenía nada que observar allí.

A pesar de mi poderosa voluntad, era demasiado pequeño como para rechazar la invitación de mi papá. En algún momento simplemente se cansó de llamarme, se acercó y usó la fuerza. Me agarró, como si yo fuese un saco de papas y me llevó sobre su espalda al fondo.

Me señaló un huevo y yo quedé maravillado. Iba a nacer un pollito e iba a ser nada más que mío. La alegría volvió y se instaló con tornillos en mi alma. Prácticamente me mudé al patio y empecé a seguir “La Granja de Orson” con minuciosa atención, algo podía aprender.

Conté los días. La emoción era tan grande que preparé un rincón en el gallinero. Un sector VIP, agua, curuvicas frescas e incluso una almohada ergonómica saqueada de la habitación de uno de mis hermanos.

Esperé, esperé y volví a esperar. Iba todos los días, a primera hora en la mañana y en cada tanda comercial de la tele. Estaba obsesionado, ser padre a los cuatro o cinco años es una sensación de la que no me olvido nunca.

Hasta que por fin nació. Era mucho más pequeño de lo que pensaba y amarillo, muy amarillo. Mis hermanos me dijeron que yo también tenía ese color porque era adoptado y me trajeron  de la China. Volví a llorar. Desconocía el significado de “adoptado” pero si lo decían en coro, dando vueltas a mi alrededor no podía ser nada bueno. No era fácil ser el menor en mi familia.

Al instante me encariñé mucho con el pollito. Supongo que era mi manera de canalizar la falta de afecto de mis hermanos. Eso y de que alguna manera me sentía identificado con él: era el más pequeño, diferente, incomprendido. Era yo en versión ave.

Un día cualquiera, llegué de la guardería y fui corriendo a verlo. No estaba en el gallinero, que a esas alturas ya tenía alguna que otra abertura. Lo busqué por todas partes, casi me hundo en la desesperación pero para alivio mío, lo encuentro atorado entre unas palmeras. Lo agarro y lo sostengo en mis manos a la sombra de mi hermana que observó la escena sin decir ninguna palabra hasta que abrió la boca: “No te quiere, por eso se quiere escapar”.

Se me empañaron los ojos de nuevo, los mocos se me salieron por la nariz y volví a explotar en llanto. En ese entonces era más fácil llorar, uno pierde la habilidad cuando gana años.

Ella estaba tan equivocada que tenía que hacer algo para demostrarlo. Sin pensarlo bien dije “Mentira, mirá como me abraza” e inocentemente lo abracé fuerte, con todas mis fuerzas, tan fuerte que… lo destripé sobre mi pecho.

Mi hermana se quedó mirándome fijamente sin decir una palabra por unos minutos, todavía cuando recuerdo su mirada me rio solo, a carcajadas. Podría jurar que los ojos se le salieron del cráneo como a los dibujitos animados. Es uno de esos momentos que atesoro, hago lo contrario con el siguiente:

Ahí lo tenía, un pollito con las tripas salidas. Estaban calientes. De repente el amarillo brillante se empezó a teñir de rojo y empezó a gotear algo sobre mi delantal. Un gran trauma que me iba a perseguir como mi sombra, toda la vida…

En eso, el Gordo me toca el hombro insistentemente, como quien ya te habló muchas veces sin éxito:

– Ey ¿querés más corazoncitos?

Me levanté y le dije, casi enojado:

– No gordo ¡qué gordo! Pelado, sos un pelado y yo ya sufrí demasiado por eso, hay cosas peores que quedarse pelado ¿sabés? No quiero saber nada de vos, ni de tus corazoncitos de pollo.

Me retiré del asado ofendido. Hasta hoy, el gordo no me habla. A veces lo suelo leer en Twitter hablando de un cerrista amargado. Supongo que son indirectas para mí o capaz soy cola de paja y es para alguno de los otros 24.

(…)

Gabriel Benitez O.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.