Ensayo aprendido

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– Te fui infiel, terriblemente infiel – dijo Lolita. – Una y otra vez. Incluso perdí la cuenta -continuó sin siquiera levantar la mirada.

José parecía más atento a la ventana que a las duras palabras del amor de toda su vida. Pensó en levantar la mano y estrellarla con todas sus fuerzas contra esa boca que solía ser su perdición. Pero no, la educación que recibió no se lo permitía. Se resignó, se lamentó y se encerró a pensar.

– Pero da igual, porque no te importa. Ni siquiera estás enojado. ¿Sabés que ni tengo remordimientos? ¡Lo volvería a hacer! -gritaba entre llantos.

Las lágrimas le caían por la cara. Fruto de sus tristezas, frustraciones y de la gravedad, por supuesto. Continuar leyendo…

Corazoncitos de pollo

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– Ya están los corazoncitos– dijo el gordo que no era gordo en realidad pero si pelón. Nunca comprendí porqué no le podíamos decir simplemente “Pelado”, es más, la calvicie era un tema delicado que no se podía tocar frente a él porque se ponía mal, incómodo y se apartaba de todos como si tuviéramos el ébola. Yo creo que exageraba con tanta sensibilidad. Hermano, tenés 19 y sos totalmente calvo, podés pensar que disimulás con esa gorra desteñida del Bayer Münich pero solamente lo hacés más obvio. Yo puedo ser bizco a veces pero ciego jamás. Sos un pelado y cuánto más pronto lo aceptes, menos mal la vas a pasar.

Apoyó el plato repleto de corazoncitos de pollo frente a mí. Humeaban y ese olorcito a asado me hacía salivar más de la cuenta pero en el fondo me dio náuseas. Es que, me resulta desagradable hasta cuando lo nombran. “Corazoncitos”. No se hubiesen tomado ni siquiera la molestia de darle un diminutivo. No dejan de ser chura. Tripas. Menudencias. Continuar leyendo…

Círculos

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Mientras hacíamos las maletas y llenábamos una caja de cartón en la que escribí “frágil” con una pésima caligrafía, Sofía dibujaba círculos en una hoja de papel arrodillada en el suelo. Desde donde estaba, juntando los últimos sollozos de esa habitación, se podía ver una cantidad importante de estos círculos que no dejaban de aparecer.

Distintos colores, clases y tamaños desfilaban bajo sus manos. Sofía ni se inmutó de mi creciente curiosidad que se hacía cada vez más obvia. Seguía. Sin cesar. Círculos y más círculos. No tenía planes, ni ganas de tomarse un respiro y mucho menos de detenerse.

Pensé que en algún momento, estos círculos, podían ser parte de algo más, unirse en algún punto y fusionarse en una pieza de arte, en una inocentada de niños digna de un lugar importante en el museo de la ciudad o, por lo menos, para erguirse orgulloso en el lugar más visible de la heladera. Pero no. Los círculos, semi círculos y formas ovaladas, seguían apareciendo a diestra y siniestra, sin pies, sin cabezas y sin ganas de dejar de hacerlo, a pesar de que casi no quedaba espacio.

Lejos de hacer una pregunta que satisfaga mi intriga, cerré esta última caja torpemente, siempre fui terrible en lo que a manualidades respecta.

Tomé las cosas que podía y emprendí un viaje más, de los tantos que ya había hecho ese día, para terminar de cargar el auto rebosado que prácticamente panzeaba, por todo el peso que no acostumbraba cargar. Salí de la habitación lo más despacio posible, no quería incomodar a Sofía. Eran sus círculos y ella. Ella y sus círculos. Continuar leyendo…

El perro Cangrejo

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Mamá se jubiló bastante joven. Tener cinco hijos le ayudó bastante, burocráticamente.

Nunca supimos el motivo de su apuro. Capaz sintió que la paciencia se empezaba a esfumar, o fue porque simplemente se acabó sin avisar.

Ella, como toda persona sobre la faz de la tierra, tenía sus días. La gran mayoría eran de amor y besos, y algunos, también numerosos, de persecución y zapatillazos. Supongo que entre todos los hermanos, éramos responsables directos del día que tocaba.

Me resulta curioso darme cuenta, alrededor de una decena de años después, que su paciencia no estaba ni cerca de acabarse. Simplemente la estaba guardando para alguien más, alguien tan especial que era capaz de iluminarle la vida con un balbuceo, de cambiarle la cara con una mirada o agitarle el pecho con solo estar cerca: su primer nieto.

No se puede competir con el primero, ya fue primero. Siempre va a ser el dueño de ese lugar especial por delante del resto. Siempre.

El otro día se dio una situación muy peculiar en casa, pero para explicarles tengo que hacerles sentar cómodamente en el contexto. Hago el intento. Continuar leyendo…

Anécdotas que acontecen: Chupete

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A veces la vida te sonríe y otras te toca trabajar sábado.

Lo que si, pese a la dura realidad siempre es mejor tomárselo con calma. Ya está. Te toca hacerlo. Mejor ponerse bien y que sea lo más llevadero posible. Es mejor que estar con una actitud de ‘me cagaron el finde’ porque, la verdad es que cagarse todo un fin de semana es exclusiva responsabilidad de uno. Si te toca, lo mejor que podés hacer es tomarlo bien. Así se trabaja mejor, se es mas productivo y por ende, se termina antes para volver a disfrutar del finde.

Bueno, me desvirtué un poquito, pido perdón y retomo esto.

El sábado que pasó nos tocó trabajar en la agencia, pero como nos pasamos tanto tiempo allí durante la semana decidimos salir a pegar una vuelta, a airear la cabeza y la existencia misma. Era justo, era necesario.

Por cosas de la vida, caminos que conducen y semáforos que preferimos esquivar, terminamos en la Avenida Costanera. Y que linda la Costanera cuando no está abarrotada de gente, y cuando te encontrás con el tiempo nublado y fresco. Qué lindo se respira, que agradable estar por allí.

Así, estábamos sentados trabajando y se nos acercó un niño de unos nueve o diez años. Gordito, petiso y petacón. Podría haber trabajado de doble de Manny en Modern Family tranquilamente. El chico muy tímidamente nos dio el siguiente speech:

– Hola gente, estoy vendiendo esta ultima porción de torta de miel, riquísima es, fresca. Casero, mi mamá hace. El tiempo esta especial para comer, así lo que da gusto ¿Verdad? No pasen hambre y compren, es la última ¡no se van a arrepentir! A 3.000 nomas les voy a hacer señores, dalena es el ultimo. Riquísimo es. Chupete está, legal les digo. Yo no les voy a mentir.

Nos miramos entre todos y dijimos: demasiaaaaado bien nos vendió. Compremos. Ya. Hay que tener esa torta.

Moneditas fueron buscadas, juntadas y realizamos la transacción. El prematuro vendedor se retiro con una sonrisa por haber cumplido su objetivo e irse a casa. Lo miramos con un poquito de envidia y cuando se alejó, desviamos la mirada en coro al producto, hasta que alguien se animó a tomarlo con las manos y hacer la correspondiente repartición. No entiendo hasta ahora como esa porción se pudo partir en seis, pero lo hizo y la disfrutamos en familia. Continuar leyendo…

Mini historias de pre infancia

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Uno se hace ciego con los años. Y ojo que no estoy hablando de quedarse literalmente sin el sentido de la vista. Hablo de cosas que vemos, suceden, de reflexiones y reacciones que solíamos tener y que hoy son apenas un tibio recuerdo.

Uno cambia con el tiempo, y el tiempo nos termina cambiando. Hace unos días, leyendo un libro sobre cómo escribir, porque intento hacerlo más seguido y en más cantidad, planteaba un ejercicio que en esencia consistía en escribir microhistorias de uno. Como aplicado que soy, casi con todo menos con lo que debería, hice los deberes y salió algo así.

Lo que si, me reí durante el camino y disfruté a montones recordando, así que supongo que alguien le puede llegar a causar gracia. Al final, lo único que importante es reírse y si por lo menos le causo una sonrisa a alguien del otro lado, para mi es una columna éxito.

Así que, entre cosas que me acontecieron en mi primera infancia (tenía menos de diez), les puedo contar que:

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Cuando era más chiquito estaba convencido de que todas las personas en el mundo, con excepción de mí, eran robots. Supongo que pensaba que alguien o algo me estaba poniendo una prueba que tenía que superar para entrar al mundo de la gente real.

Un día me di cuenta que pasé la prueba y que nadie me avisó, o que todo era una gran mentira que inventé sin darme cuenta. Recuerdo estar jugando con algunos amiguitos del barrio a la “Triple Alianza” (curioso nombre para un juego de niños) y lanzar un pedazo de azulejo más grande que lo permitido (las guerras también tienen reglas) que impactó en Luchito, un vecino tan gordito y petacón que parecía un foco. En ese momento vi como la sangre salía de su frente con la fuerza del mismo río Paraná. Ahí me di cuenta que era gente de verdad como yo, fue una imagen muy impactante para mí.

No hace falta ni mencionar que nunca más dejaron que Luchito se acerque a mí, y así perdí el que fue posiblemente mi primer amiguito.

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Un domingo en familia estábamos por Piribebuy, antes solíamos cada fin de semana porque teníamos un ranchito (no da para decirle “casa”). Lo que sí, por alguna razón, papá lanzó hacia mi humanidad lo que parecía ser una fruta o algo parecido. Solamente recuerdo que era circular y de un color verdoso amarronado.

La cuestión es que, al instante la quise levantar para devolverle el favor, porque a esa edad somos todos muy vengativos (?) y cuando la toqué se movió, produciéndome uno de los sustos más grandes que experimenté en la vida. ¡Papá me tiró una rana!

Es de esas anécdotas que se cuentan en cada reunión familiar. No me pasó nada, fue el origen de un pequeño gran trauma hacia los reptiles, pero no me pasó nada. Continuar leyendo…

Raúl, mi amigo de los libros

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Apagó el cigarrillo apenas, era el momento ideal para largarse a llorar pero prefirió una sonrisa nerviosa. El ridículo le daba pánico ¡bah! cómo a todos. Raulito era caso serio, había cambiado de carrera más veces que los dedos que tiene en la mano izquierda. Tiene cuatro y medio. Pero esa anécdota la dejo para otra ocasión.

Soy sincero, Raulito era el mejor amigo que podía haber tenido en ese entonces: inteligente, simpático y siempre con muchas ganas de hacer cualquier cosa que le propongan. Era el tipo que hubiese sido Baldor si no se metía con las matemáticas: sin ningún tipo de problemas. Un tipo “accesible” según sus propias palabras.

Lo realmente curioso y hasta paradójico es que fue precisamente eso, lo que hacia que tan bien me cayese fue, unos años más tarde, lo que me alejó de él.

No me malinterpreten, no me alejé porque dejé de soportarlo o algo así. Me alejé porque eso nos hace la vida: Un día estás feliz compartiendo con amigos de toda la vida, al otro te encontrás rodeado de gente que te solía ser extraña y por cosas que no vienen al caso, terminaron estando en todos tus fines de semana. Continuar leyendo…