Tía Delia

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Algunas noches se acostaba y dormía como muerta. Otras no pegaba un ojo en toda la noche, yo diferenciaba esos días por la luz que arañaba mi ventana.

La locura de Tía Delia aumentaba tanto como los gatos sucios que recogía. En el barrio ya era conocida como “la loca de los gatos“ y a nosotros se referían como “Los Locos Adams”. La casa emanaba ya un olor a lepra y pescados que acuchillaba sin piedad los pulmones de los valientes que osaban pasar por nuestra vereda.

No pasó mucho tiempo para que se ponga violenta, voceando a la gente desde su ventana y arrojando sus pocas pertenencias a quién osaba devolverle la mirada o a nosotros cuando la espiábamos para ver sí seguía viva porque cuando se encerraba en su cuarto lo hacia por días, llegando a semanas sin salir un solo paso para comer o tomar agua y de asearse ni hablemos. A mí me daba escalofríos pensar que era como lo vecinos decían: que se comía a sus gatos pero por el olor nauseabundo que provenía de su habitación esa posibilidad me parecía cada vez más probable.

Tanto que la curiosidad se metía por mi boca, bajaba por mis entrañas y explotaba en mi pecho estallando e invadiendo todo mi cuerpo. Un día no aguanté más el olor silencioso de la curiosidad y saqué valor de no sé donde para hacer no se qué. Casi por inercia me destape, salte de la cama y fui directo al fondo donde vivía Tía.

Abrí la puerta de la habitación convertida en cripta de Tía Delia y ahí estaba ella sentada con el gato más feo que vi en mi vida entre sus piernas, mirándome fijamente como si me estuviese esperando. Me clavo esos ojos pardos que siempre me dieron escalofríos y no pestañeo nunca.

El primer pestañeo mío vino acompañado de una lagrima tan grande que tuve que refregarme los ojos, en ese instante ella cayo violentamente al suelo. Yo corrí despavoridamente como si hubiese visto un muerto. Y en cierta medida era eso, vi un muerto pero no lo sabría hasta pocas horas después.

El día del entierro me di cuenta que Tía no pudo sola desde el día que Tío desapareció con la criada. Ella cayó a un pozo sin fondo que estaba en medio de un laberinto sin salida. Tuvo varios meses de cordura pero no pudo con esto de la traición que la paso por encima y la destrozo por dentro. Necesitaba ayuda y no logro ayudarse como para conseguirla pero si logro arreglárselas para ser ignorada por todos.

Yo escucho como hablan los grandes y por lo que percibí es bastante fácil hablar de las desgracias ajenas y mas aun cuando hay traición de por medio pero sentirla adentro debe ser muy distinto, por lo menos las marcas que tía tenía en sus muñecas me decían eso…

Gabriel Benitez O.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.