Dia de picnic

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– Mirá todas esas estrellas, nunca vi un cielo tan hermoso – decía ella tratando de que ese incómodo momento llegáse a su fin.

– Yo nunca vi una cara más hermosa que la tuya – insistía el.

El silencio respondió por ella y él lo entendió. Simplemente se derrumbó por dentro y se levantó por fuera para decir que ya era hora de volver. Ella lo miro y empezó a juntar las cosas. Aquel inocente picnic de amigos para ella, declaración de amor para él había llegado a su fin. Al igual que esta amistad que los unía de toda la vida. Ambos sabían eso, pero ninguno dijo nada.

No hace falta mencionar el silencio que envolvió el viaje de vuelta, se podía escuchar hablar a las ranas a un costado del camino mientras el pasto se movía. El manejaba casi sin pestañear, no tenía valor para usar el retrovisor que estaba del lado de ella que miraba incómoda su celular, esperando que llegáse una llamada que no iba a llegar para aguar ese silencio tan pesado.

Llegaron a su casa, él a duras penas desprendió un “Nos vemos” ella solo lo miró y bajó del auto que salió sacando humo de las llantas como si de una carrera se tratase. La preocupación la invadió e intento llamarlo por el celular pero estaba apagado, una gota fría recorrió su frente y cayó al piso. Tuvo un mal presentimiento como nunca antes lo había tenido. Aunque nunca le gusto que los enojos de él siempre fuesen canalizados abusando del velocímetro, simplemente esta vez la sensación era distinta.

Prácticamente al instante sonó su teléfono celular y escucho algo que la paralizó. Cayó al piso inmóvil. El auto de él había caído del puente, de ese puente donde vieron tantos atardeceres juntos, donde cruzaron tantas veces camino a la escuela, donde tiraron tantas monedas pidiendo tantos deseos que tal vez nunca se cumpliesen. Era el puente de ellos.

No podía moverse, ni entendía lo que sucedía pero escuchaba gente a su alrededor. Escucho a sus padres, a sus hermanitos y a la nana que lloraban desconsolados. Poco a poco todo se fue silenciando y solo lo escuchaba a él diciéndole lo bello de su rostro, lo linda que se veía allí acostada y como le encandilaba el brillo de su pelo.

Allí despertó ante esos ojos verdes y le conto lo que soñó. Le dijo que se dio cuenta cuanto lo amaba y que quería estar colgado de su cuello toda su vida. Él miraba incrédulo y simplemente no dijo nada.

El silencio respondió todas las interrogantes de ella que simplemente se derrumbo por dentro y se levanto por fuera para decir que ya era hora de llegar a su casa, él sin dejar de mirarla empezó a juntar las cosas…

Gabriel Benitez O.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.