Vida libro

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– La vida es como uno de estos – repetía con seguridad, sostenía un cuadernillo con una de sus manos mientras con la otra marcaba el ritmo de lo que decía. Se podía percibir lo convencido que estaba aún sin mirarlo a la cara. Estaba de espaldas buscando, casi desesperado, algún espacio libre en un estante repleto de libros, hojas sueltas y polvo.

Su cara llena de arrugas se fruncía todavía más mientras exponía su teoría:

– Mirá… los hay extensos, cortos, intensos, aburridos. A veces la cantidad de hojas no importan, sino lo que estas te cuentan. Las historias se te meten dentro y a cada persona le pega distinto.

Silbaba y quedaba quieto unos segundos para recuperar aliento y continuar:

– Nadie es indiferente a una buena historia o, en su defecto, a una mala bien contada. Nacen para tocar almas, así como la gente. – En ese momento encontró un lugar ínfimo, casi imperceptible donde el cuadernillo forrado con papel madera calzó justo.

En ese punto ya lo miraba sin parpadear, no iba a decir nada, estaba escuchando filosofía en su estado más puro. Como el que calla otorga, él asumió que estaba esperando más y continuó:

– Las historias empiezan casi sin querer y no siempre salen como estaban pensadas: hay páginas que hubiesen sido mejor esquivar y personajes para pasar de largo. Pero están y son necesarios. No por caprichos, más bien por una cuestión de causalidad.

– Pero…

– ¿Me entendés? Hay giros que giran, que vuelven a girar y marean pero que tienen razón de ser. – No me dejó interrumpir y desaprobó el intento con sus ojos bien abiertos.

A esta altura ya estaba sentado y cómodo en su trono, un escritorio igual de antiguo que su rey.

– Hay libros descuidados, maltratados y llenos de polvo. Los hay impecables, exitosos y deprimentes. También hay gente así. El final, al final ¿sabes? Depende solo del escritor. Todos tienen su toque, su firma y su manera de crear historias ¡Como cada uno de nosotros!

(…)

– No hay que esperar estar atrapado para cambiar de trama. No hay que llenar renglones por miedo a dejarlos vacíos y hay que tener siempre presente que las lagrimas manchan las hojas. Siempre depende de vos, de tu capacidad de escritor, de tu capacidad de hacer de tu vida la historia que vos quieras.

– Yo no sé, pero en tu lugar estaría tomando nota. – Era un clásico de él ir terminando sus exposiciones con un chiste.

No sé si alcanzó a terminar esa frase pero si recuerdo que estornudó, tan fuerte que tuvo que perdió el equilibrio y cayó. Ni se me pasó por la cabeza reírme.  Cuando nuevamente apareció en mi campo de visión, me alcanzó un libro rojo que asumo habrá quitado de uno de sus cajones más cercanos al suelo.

– Este libro es para vos.

Como de reflejo lo abrí, era una cantidad considerable de hojas blancas. Supo al ver mi cara que no entendía nada.

– ¿Escuchaste algo de lo que acabé de decir? – Quiero que escribas tu historia y que lo hagas ahora mismo.

Mientras decía esto, se paraba, era hora de despedirse. La visita terminó.

Esa misma noche, en mi intimidad empecé a escribir. Me resultó curioso como las letras pueden ser tan tímidas y reservadas. Supongo que no me tenían fe y admito que yo tampoco. Aunque, meses más tarde nos hicimos un poco más amigos.

Hoy, por nada en especial, me pareció una buena idea dedicarle unos renglones a quien me enseñó que las historias hay que hacerlas y vivirlas para contarlas luego con una sonrisa en el rostro.

Al final de eso se trata la vida misma: buenas historias y muchas sonrisas.

Gabriel Benitez O.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.