Los casamientos no mienten

“Y fueron felices para siempre…” es un lindo final para una historia. Pero es un final demasiado optimista, todos sabemos que es imposible estar bien todo el tiempo. Es clínicamente imposible, estar bien siempre es síntoma de otra enfermedad (esto no fue consultado con un especialista).

En fin, como estamos sumergidos en pleno febrero, un mes corto y caracterizado por las altas dosis de cursilería, corazones y angelitos desnudos con flechas en el aire, asumimos que todas las relaciones de nuestro alrededor, en el mejor de los casos, terminan en un comienzo: es decir, un casamiento.

Y una boda es como un ecosistema, donde varios seres vivos tan diferentes comparten un espacio que hace que sucedan un montón de cosas que servirán de anécdotas para esta pareja, o para los amigos o abogados si es que la relación fracasa. Nadie es perfecto, todo puede pasar.

Lo que sí, hay personajes que nunca pueden faltar ya que sin ellos un casamiento no sería el mismo.

La llorona: un espécimen importante, casi imprescindible, que jamás de los jamases podría faltar en un casamiento. Se los puede llegar a ver en grandes manadas pero siempre, siempre hay una que destaca del resto. Sería la llorona alfa, aunque en estos tiempos modernos, los he visto de ambos sexos.

Es muy difícil deducir si  es que lloran de alegría, tristeza o envidia porque la que se casan no son ellas. O capaz lloran así porque vieron el extracto de sus tarjetas en la banca online. Nunca se sabe. Pero sea cual fuera el motivo, lo hacen en una abundancia pocas veces vista en la historia de la humanidad. Si sus lágrimas fueran semillas de guacamole, podrían acabar con el hambre mundial.

Es inútil ofrecerles un pañuelo sin recibir una mirada de odio y desprecio. El maquillaje corrido, las ojeras y los mocos parecen ser heridas de guerra dignas de ser mostradas al mundo con orgullo. ¡Bien por ellas! Sigan así.

El hostil: casi siempre un anciano o anciana de muy avanzada edad. No es redundancia, casi siempre es un viejo chot… Esta persona está expectante, mirando para todos lados, en todo momento. Está presto, encendido y sediento de una batalla. Si o si tiene que armar kilombo por algo, no importa porqué, o mínimamente discutir con alguien y nunca, absolutamente nunca sería capaz de admitir un error. Siempre gana.

Es su función, para eso lo invitaron y tiene un nivel de compromiso, tal como su edad, tan elevado que la juventud, en todo su esplendor, nunca sería capaz de comprender.

El valet parking, la acomodadora, el mozo, otro invitado, el fotógrafo, el DJ, la novia, el centro de mesa. Todas son potenciales víctimas y en más de una ocasión han caído todos. Este hostil no perdona, este ser hostil nunca olvida.

Yo que vos, ni lo invitaba. Si o si, te arma kilombo y si no te arma kilombo fija que le está dando un paro cardiaco. Así que en ningún estado suma a la fiesta.

El DJ que no pega una: Anteriormente llevaba el Winamp de un supermercado, pero de la noche a la mañana empezó a pasar música en eventos de poca monta como fiestas de colegio, intercolegiales y hamburgueseadas de barrio. Gracias a su accesible precio y con la complicidad de tu primita, que está muerta por él, está transcendiendo y llevando su setlist a nada más y nada menos que un casamiento.

Tiene una capacidad impresionante de enganchar Daft Punk con Vilma Palma, o Damas Gratis con The Beatles. Aparentemente tira todos sus archivos de mp3s en una lista de reproducción y enciende el modo aleatorio, mientras cierra los ojos (bajo sus lentes de sol) y se imagina en Ibiza.

Para algunos un impresentable, un horror, un criminal. Para mí es un incomprendido musical, un fuera de tiempo. Tan incomprendido que ni siquiera él se comprende, tan fuera de tiempo que nadie está preparado para su arte.

El tío borracho: Jamás faltará el tío viejo que en vistas al importante acontecimiento se excede con cerveza, vino o whisky o, normalmente, por una combinación de todas las anteriores. Ese mismo día hasta resulta simpático verlo bailar, mezclarse con los más jóvenes y hacer todos los chistes que no hizo durante décadas, pero el momento el que se hace sentir es a la hora de hojear el álbum de fotos.

Infernal, ridículo, vergonzoso. Photobombs a diestra y siniestra. Llamativamente, también tiene una capacidad enorme para hacerse el ñembota e ignorar lo que sucedió esa noche, aunque esto esté capturado en fotos, vídeos y grabado en la memoria de todos los asistentes.

Se podría concluir que algunos tíos sufren de “doble personalidad”, así que clínicamente están justificados.

El transformista: no tiene nada que ver con el asadito, pero te descuidás y por diez mil le llevás. Suele ser familiar o amigo de uno de los novios y siempre fue llamativamente anti social, ermitaño y exageradamente solitario. Nunca se destacó por meter conversación y pero si, por su pobre actuar cuando del sexo opuesto hablamos. Podríamos decir que es un reencarnación sudaca del Rajesh Koothrappali, el hindú de The Big Bang Theory. Pero llamativamente, ese noche de la fiesta se convierte totalmente. Desconocemos si se debe al alcohol, la emoción de la boda o por la alienación fugaz de unos cuantos astros pero se transforma totalmente.

Baila como si no hubiera mañana, es amigo de todo el mundo, y encara, encara y vuelve a encarar. La falta de éxito no es una barrera para intentarlo de vuelta. Casi siempre suele terminar dormido, o con un lavado de estómago. Pero se anima… aplausos para él.

El Fotógrafo: o como se presenta ante cualquier invitada que pregunte por él: “el artista”. Un apasionado de su trabajo y que tiene formas poco ortodoxas de realizar su tarea. Lo vemos más nervioso que la novia por los detalles, no tiene dramas de levantarle la voz a las más viejas “no existe respeto si es que arruinan la toma”. Hay que cuidar por donde se camina porque en cualquier lugar puede estar tirado, o como él prefiere decir “estratégicamente ubicado para capturar el momento espontáneo de la fiesta”.

Nunca comprendí como a pesar de correr por todos lados y tirarse al suelo para alguna toma, siempre termina mucho más presentable que la mayoría. Tengo mis sospechas: litros de gel y un saco impermeable pero nunca me llegaron a confirmar.

Faltan un montón más: el valet parking que te choca el auto, el que se pasa con el portaligas, los hermanos que se pelean, la tía del brindis desubicado, el extraño que te abraza llorando, el crack que se queda dormido en el auto y le tapa el camino a todos. Y así, un sinfín de personajes que hacen que siempre queramos ir a un casamiento.

Creativo publicitario, columnista y aspirante a escritor 'algún día'. Adicto al cine, la música, los libros y aunque cueste admitir del internet.

Dejar Comentario:

Tu correo no será publicado.

Site Footer